Cuando activas el piloto automático en tu vida, los meses dejan de significar algo. Los días, las semanas. Todo se vuelve igual de engorroso. Todas las mañanas sientes que un gran peso te impide mover el cuerpo y levantarte. El día simplemente pasa y cualquier pequeña chispa que aparezca para producir cambios, se acaba extinguiendo para volver a dejarlo todo igual.
Vivir en piloto automático es sentir que vas a la playa y por más que lo intentes no terminas de deshacerte de la arena pegada a tu piel. Es sentir que en tu interior las piezas no encajan por más vueltas que les des. Sentir que nada es suficiente y que a la vez cualquier cosa lo es.
Quizá atisbes un poco de luz, no a tu alrededor sino en ti. Tenue, tímida. Una luz que apenas brilla y a la que te aferras con tanta fuerza que tu cabeza dice basta. A veces, consigue sacarte de ese ensueño permanente del que creías no poder escapar. Otras, parece que va a lograrlo y un torrente te arrastra de nuevo al fango. En algunas, simplemente se pierde en la oscuridad.
El piloto automática se activa, sin más. Pero por eso mismo también se puede desactivar. Aunque quizá no sea el mejor momento para decirlo, porque en el fondo todo parece demasiado difícil, siempre hay una luz que, aunque tenue, estará esperándote. Y las piezas en ti se amoldarán, no para encajar a presión, sino para hacerlo de la mejor manera en tu nuevo interior.
Me hace muy bien leerte, es como una manera super extraña de calmar la mente y poner los pies en la tierra. Gracias por hacerlo.
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