Grace había firmado más papeles de los que cabía imaginar. Por supuesto, no los había leído todos. Le dolían las manos y lo único que quería era terminar con aquello cuanto antes.
—Señorita Bell —el desconocido rompió el silencio y se inclinó sobre el escritorio—, cuando firme la última hoja no habrá vuelta atrás. ¿Está segura de que quiere continuar?
Ante la pregunta, Grace tragó saliva pero fue incapaz de deshacer el nudo que sentía en la garganta.
—Si no estuviese segura, no llevaría firmando papeles más de diez minutos, ¿no cree? —Aunque intentó sonar condescendiente, su voz se quebró en mitad de la frase.
Notó cómo sus ojos se humedecían y parpadeó un par de veces para alejar a los demonios de su mente. El hombre cogió la grabadora, que llevaba encendida desde que Grace había entrado en la habitación, y la acercó hacia ella.
—Grace Bell, ¿está segura de que quiere continuar? —Entrecerró sus ojos azules—, ¿Sí o no?
—Sí, sí, estoy segura. —Se secó el sudor de las manos en los pantalones.
Él deslizó una última hoja por el escritorio. Estaba ocurriendo de verdad. Estaba a una sola firma de hacerlo, de dejar atrás toda una vida de tormentos. Una vida que la había llevado hasta aquel preciso momento. Una vida que la había obligado a tomar aquella decisión. Respiró hondo, cogió la hoja y firmó.
—Estupendo, con esto ya está casi todo. —Metió todos los papeles en un archivador con el nombre completo de Grace en el lateral—. Solo queda un último paso, el más importante.
Apagó la grabadora y dejó el archivador a un lado. Cuando se levantó, Grace le siguió. Salieron del despacho y recorrieron un largo pasillo escaso de decoración. No había ni una sola ventana. El hombre se paró frente a una puerta y dio dos golpes en ella. Alguien la abrió desde el otro lado.
—Puedes pasar. —Dijo una voz femenina.
Tras sortear al que había sido su guía, Grace cruzó el umbral y entró en la habitación. La camilla, situada en el centro, tenía una luz blanca muy fuerte justo encima. Algunos utensilios estaban dispuestos sobre una mesilla. Parecía la sala de un dentista. O una cámara de tortura.
Una mujer de pelo canoso se movía por la habitación revisando los papeles que llevaba en la mano. La puerta se cerró de golpe y Grace dio un respingo. Detrás de ella había una especie de guardia. La mujer levantó la vista hacia Grace y le sonrió con dulzura.
—Solo es por... precaución. —Sus dientes relucían entre el pintalabios rojo de sus labios—. Te puedes tumbar, Grace.
Siguió las instrucciones de aquella mujer, que también debía de rondar los cincuenta.
—¿Va a hacerme una limpieza bucal? Espero que me den una piruleta como mínimo. —Grace se recogió el pelo castaño en un moño. Cada vez tenía más calor.
—Soy Erica, puedes tutearme si lo prefieres. —Dejó los papeles a un lado y se acercó a la camilla. Tenía los ojos verde esmeralda—. Y no, no disponemos de piruletas. ¿Recuerdas lo que supone realizar este último paso?
Claro que Grace lo recordaba. Había premeditado aquella decisión durante mucho tiempo. Iba a perderlo todo pero, ¿qué significa perderlo todo cuando sientes que ya no te queda nada? Asintió y dejó reposar la cabeza en la camilla. Erica levantó una jeringuilla y le dio unos golpecitos.
—Está bien. —La mujer volvió a sonreírle—. Cierra los ojos y cuenta hasta diez.
Pero Grace no llegó a terminar la cuenta atrás. El sueño se apoderó de ella poco después de notar un leve pinchazo en su brazo. Pero lo peor que puedes hacer cuando tomas una decisión tan importante, es no leer todos esos papeles que estás dispuesto a firmar.
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