miércoles, 1 de julio de 2026

¡Estamos en julio!

 Ha llegado julio y qué diferente se siente el verano cuando ya no tienes doce años. 
En ese entonces, tenía un encanto especial. Mi madre siempre me compraba algún libro para repasar el temario del curso y yo lo hacía con entusiasmo porque: me gustaba mucho el colegio. El que se encargaba de comprar sandía era mi abuelo, que solía comer con nosotros todos los días. Siempre la cortaba él y mi madre tenía que pedirle que no me diese más porque no dejaba de comer. Era una devoradora de sandías. Mi padre mucha veces aparecía de sorpresa con mi abuela, que venía a pasar el día con nosotros.
A partir de algún verano empezamos a comprar piscinas montables y era, sencillamente, el mejor momento del año. Al principio, teníamos piscinas hinchables que acababan con mil agujeros y teníamos que llenarlas de parches para que aguantasen el verano. Mi padre cogía el borde y lo sacudía para crear olas mientras nos bañábamos. Algo que según las instrucciones de la piscina no se podía hacer.


También íbamos a la playa. Recuerdo con especial cariño un día en el que mi madre y yo usamos gafas de buceo cerca de unas rocas y vimos todo tipo de peces. 
Yo, que solía ser muy miedosa con el mar, me sentí segura y disfruté del momento como nunca he vuelto a hacerlo. Fue especial.
En otra ocasión, fui a una cala con una de mis mejores amigas. Era preciosa. Tocamos la arena del fondo y volvimos a la superficie con un impulso porque no esperábamos que hubiese tanta profundidad. El agua estaba cristalina y fue una tarde que nunca, espero, olvidaré. 
El verano siempre ha tenido su encanto, con aquellas actividades que en épocas de frío no puedes hacer (si estás en el hemisferio norte), por eso lo he considerado como mi estación favorita gran parte de mi vida. 

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