jueves, 16 de julio de 2026

Capítulo 3. Proyecto literario.

La cafetería existía. Grace solo tardó tres minutos en divisarla desde el sendero. No era como las cabañas, aquella construcción era más moderna y se alzaba sobre una base de hormigón. La fachada tenía colores crema y unos grandes ventanales permitían observar el interior, pero Grace solo alcanzó a distinguir algunas cabezas. Una mezcla de voces se oía amortiguada tras la puerta principal, junto a la que había un guardia plantado. Subió los escalones del porche saltando y entró, con paso decidido.
Cuatro largas mesas ocupaban la parte central de la cafetería y unas veinte personas, a las que Grace nunca había visto, se habían sentado en pequeños grupos. Ninguna reparó en ella. La luz entraba por los ventanales iluminando el lugar, decorado con grandes cuadros de colores. Una pegatina indicaba la entrada al baño, vigilada por otro guardia. Grace se preguntó si los olores del interior se le filtrarían por la máscara. Espero que no.
Siguió caminando y se acercó al mostrador, donde había un montón de bandejas apiladas. 

—Puedes coger una y decirme qué quieres que te sirva. —Una mujer, de unos sesenta años, apareció por detrás del mostrador—. Pero luego debes encargarte de vaciar la bandeja allí.

La mujer señaló unas papeleras al final del mostrador. Grace se frotó la nariz y asintió. Tenía tanta hambre que le habría pedido un plato de cada. El surtido era muy tentador: ensaimadas, galletas con virutas de chocolate, sándwiches variados, batidos, zumos... Al final, optó por un batido de frutas, un sándwich de atún y un par de galletas de chocolate. ¿Y ahora qué?


Cuando Grace iba al instituto tenía muchos amigos. Se sentaba en la mesa de la gente popular y bromeaba con todo el mundo. Siempre tenía planes el fin de semana; su casa era el último sitio en el que quería estar, aunque no recordaba por qué. Ahora, en cambio, paseaba la mirada por las mesas sin saber dónde sentarse. Quería estar sola para pensar, pero en aquel lugar era imposible. 

—¡Grace! —Una voz conocida resonó entre el barullo.

Se giró hacia la entrada y ahí estaba Ethan, con una sonrisa de oreja a oreja. La misma chica rubia de antes le seguía de cerca. Grace repasó mentalmente sus opciones: podía ignorarles y sentarse sola, saludarles y sentarse sola, fingir que no les había visto y sentarse sola... Cualquier opción en la que acabe sentándome sola me sirve.
Sin embargo, aquello no iba a pasar. Todo el mundo parecía tener ya un grupo con el que estar, pero apenas quedaban sillas vacías. Si quería sobrevivir a lo que fuera que estaba pasando, tendría que socializar. Buscó de nuevo a Ethan y le correspondió con una media sonrisa. O más bien lo intentó. Tenía la sensación de que hacía mucho tiempo que no sonreía de verdad.

—¡Vaya! Ethan se acercó a ella con las manos en los bolsillos. Me gusta tu elección, puede que te copie. —Le guiñó un ojo y se giró hacia el mostrador. Al momento empezó a charlar con la misma mujer que la había atendido cinco minutos antes. 

Grace reparó en que la chica rubia se había quedado de brazos cruzados observando la estancia. Las gafas se le habían deslizado hasta la punta de la nariz, pero no parecía importarle. Le temblaban un poco los labios.

—Yo... soy Grace. —Sujetó la bandeja con una mano y le tendió la otra, sin saber muy bien cómo continuar.

La chica centró su atención en ella. Relajó los hombros y se subió las gafas. 

—Yo soy Mía, encantada. —Respondió al gesto con una tímida sonrisa.

La voz de Ethan interrumpió aquella presentación, avisando a Mía de que era su turno. Al final, su bandeja estaba repleta de comida. Tendría que haber hecho lo mismo. Esperaron a su compañera y Grace les guio hacia la última mesa de la cafetería, donde se sentaron en un extremo.

—Para ser tan temprano parece que hemos sido los últimos en llegar. —Ethan se comió su ensaimada en tres bocados, observando a su alrededor.

—¿No habéis escuchado la megafonía? —La voz de Mía apenas era un susurro entre tanto ruido. Solo se había pedido un zumo de naranja y le daba pequeños sorbos de vez en cuando.

—¿Qué megafonía? —Ethan frunció el ceño.

—Una en la que daban los buenos días. —La chica alternaba la mirada entre Ethan y Grace—. Han dicho que teníamos que venir a la cafetería.

—Si esperan que una voz me despierte por las mañanas la llevan clara. —Grace casi había terminado con su almuerzo—. De no haberme caído del dichoso sofá, seguiría durmiendo como un tronco.

Ethan escupió su batido y Mía, que estaba a su lado, se apartó de un salto.

—¡Te has caído del sofá! —La risa del chico resonó por toda la cafetería. Pero no solo eso. Su risa era lo único que resonaba por la cafetería. 

El griterío se había transformado en un suave murmullo y algunas miradas curiosas recaían sobre Grace. No sabía en qué momento había cambiado el ambiente y no le importaba que todos conocieran su afición por dormir. Pero entonces, reparó en los guardias que se habían colocado en fila contra una de las paredes. ¿Cuántos guardias hay en este lugar?
En la puerta de la cafetería había una mujer de unos cincuenta años. Llevaba una elegante americana combinada con un pantalón largo, todo de color azul marino. Sus labios rojos contrastaban con su pálida piel. No parecía muy contenta. A Grace le recorrió un escalofrío cuando sus ojos se encontraron.

—Me temo que a partir de mañana lo que sonará por la megafonía será una maravillosa corneta. —La mujer caminó lentamente hasta situarse frente al mostrador, mirando cada una de las mesas de la cafetería. Volvió a conectar sus verdes ojos con los de Grace—. Espero que eso sí sea suficiente para despertarla, señorita Bell.

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