Todo el mundo tiene problemas y Grace Bell no iba a ser diferente. Por eso se encontraba sentada en aquel frío despacho tras jurar confidencialidad. Enfrente, un hombre de unos cincuenta años seguía cada uno de sus movimientos, sin mediar palabra. La luz de techo parpadeaba de vez en cuando.
Grace había firmado más papeles de los que cabía imaginar. Por supuesto, no los había leído todos. Le dolían las manos y lo único que quería era terminar con aquello cuanto antes.
—Señorita Bell —el desconocido rompió el silencio y se inclinó sobre el escritorio—, cuando firme la última hoja no habrá vuelta atrás. ¿Está segura de que quiere continuar?
Ante la pregunta, Grace tragó saliva pero fue incapaz de deshacer el nudo que sentía en la garganta.
—Si no estuviese segura, no llevaría firmando papeles más de diez minutos, ¿no cree? —Aunque intentó sonar condescendiente, su voz se quebró en mitad de la frase.