domingo, 10 de noviembre de 2024

La gente cambia.

La gente cambia. Todos cambiamos. 

Es algo imperceptible a corto plazo, pero el cambio siempre está presente. Lo está en cada pequeña decisión del día a día, tras acontecimientos importantes que nos marcan de por vida, lo está cuando observamos una flor marchitarse. 

Los cambios están presentes cuando un profesor te grita y cuando otro te abraza, cuando un compañero del cole no te deja jugar con él y cuando otro te invita a hacerlo. Los cambios están cuando das el paso hacia el instituto, cuando todo se vuelve íntegramente superficial y, también, cuando todo deja de serlo.

Está en cada taza de chocolate que has compartido con tus seres queridos, en cada corazón roto, en cada lagrima derramada. Cuando te diste cuenta de que una amiga, en realidad, no lo era tanto. Cuando te enfrentaste a tomar dos caminos diferentes y te preguntas qué hubiese pasado si no hubieses escogido este.

El cambio está cuando fallece un abuelo y la casa se torna gris. Cuando adoptas a un gatito o un perrito, cuando sales al parque a jugar y te abres la barbilla por no hacer caso a mamá. El cambio está tras ese juguete roto por el que lloraste a mares, por el otro que le prestaste a un amigo y nunca te lo devolvió.

El cambio está cuando te abruma la vida adulta y sientes que te han vendido una mentira. Cuando empiezan a irse las personas de tu lado, cuando las amistades toman rumbos diferentes, cuando todo ya depende más de ti que de tus padres. 

El cambio está cuando descubres que la salud es lo más importante y que tener más o menos ropa en el armario importa lo mismo que un billete de seis euros. Cuando pasas un duelo o cuando estás en él, cuando el valor del por qué estás respirando no hace más que crecer y cuando tu vida se abre en mil caminos entre los cuales no quieres escoger. 

La gente cambia. Todos cambiamos. Y cada uno de esos cambios siempre formará parte de tu ser. 

domingo, 1 de septiembre de 2024

modo automático

Cuando activas el piloto automático en tu vida, los meses dejan de significar algo. Los días, las semanas. Todo se vuelve igual de engorroso. Todas las mañanas sientes que un gran peso te impide mover el cuerpo y levantarte. El día simplemente pasa y cualquier pequeña chispa que aparezca para producir cambios, se acaba extinguiendo para volver a dejarlo todo igual. 

Vivir en piloto automático es sentir que vas a la playa y por más que lo intentes no terminas de deshacerte de la arena pegada a tu piel. Es sentir que en tu interior las piezas no encajan por más vueltas que les des. Sentir que nada es suficiente y que a la vez cualquier cosa lo es.

Quizá atisbes un poco de luz, no a tu alrededor sino en ti. Tenue, tímida. Una luz que apenas brilla y a la que te aferras con tanta fuerza que tu cabeza dice basta. A veces, consigue sacarte de ese ensueño permanente del que creías no poder escapar. Otras, parece que va a lograrlo y un torrente te arrastra de nuevo al fango. En algunas, simplemente se pierde en la oscuridad.

El piloto automática se activa, sin más. Pero por eso mismo también se puede desactivar. Aunque quizá no sea el mejor momento para decirlo, porque en el fondo todo parece demasiado difícil, siempre hay una luz que, aunque tenue, estará esperándote. Y las piezas en ti se amoldarán, no para encajar a presión, sino para hacerlo de la mejor manera en tu nuevo interior.

viernes, 16 de agosto de 2024

Relato #2

Para una mejor experiencia, os recomiendo escuchar esta canción mientras leéis el relato.

"En el castillo el aire se vuelve denso. Esquivo los cuerpos de los guerreros mientras brota sangre de las heridas de mis brazos y siento una opresión en el pecho que apenas me permite respirar. Me van a fallar las piernas en cualquier momento y el peso de la espada en mi espalda hace que me cueste avanzar. Vislumbro al enorme dragón negro en la distancia, entre las paredes rotas y agrietadas. No puedo rendirme aquí, no antes de quitarle las cadenas y dejar que sea libre. No antes de que siga cobrándose las vidas de aquellos guerreros que vinieron engañados a este lugar. 

Sé que él está aquí, entre las sombras, esperando para meterme una daga por la espalda. Sé que entre toda esta guerra nuestro duelo sigue pendiente. Pero no tengo tiempo para eso. El dragón es mi prioridad. Empiezo a correr hasta el puente que conecta las dos torres superiores del castillo y veo a un guerrero preparado para saltar al vacío. Empapado en sudor y con las heridas abiertas, ha visto que el final está por venir. Pero no puedo dejar que salte.

- ¡Espera! - Mi grito se vuelve un eco que se cuela por las montañas del alrededor. 

Me pesa el cuerpo y siento que voy a desfallecer. El guerrero se gira en mi dirección pero lo único que veo es el miedo en sus ojos. Y sé que no hay nada que pueda hacer. Sigo corriendo y alargo el brazo, mis heridas se abren más y las siento como si miles de cristales se metiesen en mi piel y me arañasen el cuerpo. El hombre abre mucho los ojos, como si por un instante fuese a cambiar de idea. Y cuando mis dedos están a punto de rozar sus ropas, nada. Se deja caer al profundo vacío y grito tanto que creo que no podré volver a articular palabra. Las lagrimas empapan mi cara y me araño las piernas al hacerme un ovillo en el suelo. ¿Cómo hemos llegado a este punto?

Das pena. ¿Aún no te has dado cuenta de que no puedes salvarlos a todos? Su voz me llega fuerte y clara. 

Me ha alcanzado, cómo no iba a hacerlo. Oigo que sus pisadas se acercan y escondo todo el pánico de las últimas semanas en lo más profundo de mi ser.

 ¿Vas a matarme o solo quieres jugar? Él me dedica una media sonrisa y se queda de pie delante de mí.

 Llevamos jugando al gato y al ratón durante meses, no me importaría jugar un poco más. Se saca una daga de su vaina y me mira a los ojos. Su mirada de odio se ha transformado en algo más que no logro descifrar—. El problema es que has sido tan descuidada que estás llenas de heridas. Así no tiene ninguna gracia jugar.

Nunca más me subestimes. -Aprieto los dientes y cierro los ojos por unos segundos. Podría haberme matado ya, pero solo quiere reírse un poco más de mí. Me preparo para desenvainar mi espada.

 Nunca te he subestimado. Sé de lo que eres capaz. Su sonrisa llena de luz este lugar tan frío. Odio el efecto que tiene sobre mí y eso es lo que me da una última fuerza para moverme.

Le doy una patada en la rodilla y se tambalea, sorprendido, mientras ruedo hacia la derecha y desenvaino mi espada. Le apunto con ella a la cara y finjo que no siento un dolor tan inmenso que podría acabar conmigo en segundos.

Vaya, vaya. Y yo que te iba a ofrecer mi ayuda para terminar con el dichoso dragón.

—Es que no quiero terminar con él, quiero liberarlo. 

Mi odio crece a medida que su arrogancia sale a la luz. Me mira desconcertado y me doy cuenta de que no sabía cuál era mi verdadero objetivo. Pero yo se lo acabo de compartir como si nada. Idiota. Este juego se ha vuelto demasiado peligroso. Desde el día en que me amenazó con su daga y sentí su aliento rozando mi cuello, esto ha sido más que un juego. Pero todo ha sido mejor así, todo ha sido mejor en forma de duelo. Porque al final, lo único que somos es eso, un gato hambriento y un ratón escurridizo.

Sé que quiere decir algo, pero lo he pillado desprevenido con mis palabras y, en el preciso instante en el que estoy trazando un plan mental para salir de ésta, algo me aprieta del cuerpo con tanta fuerza que por unos segundos siento que me voy a partir en dos. Suelto la espada, pierdo toda mi fuerza y noto que la oscuridad me consume. El aire me golpea con tanta fuerza que me cuesta respirar. Estoy flotando, no noto el suelo bajo mis pies, pero hay algo más. Una garra, estoy atrapada en una garra. Y lo único que veo es su figura volviéndose pequeña mientras grita mi nombre una y otra vez. Sus gritos desgarrados me llegan como un susurro. ¿Acaso es pánico lo que identifico en su voz? Y, por un solo segundo, creo que en realidad sí que le importo. Que todo este juego solo trataba de ocultar una verdad. Pero es demasiado tarde. El dragón quiere vengarse y arrasarlo todo a su paso. Quiere hacer añicos el castillo y busca su siguiente objetivo. Y mientras pienso en cómo hemos terminado aquí, suelto un último suspiro que me invita a descansar en un vacío oscuro."

jueves, 15 de agosto de 2024

Relato #1

"Es un día de verano. La lluvia golpea la ventana y los relámpagos iluminan la habitación. Estoy a oscuras, tan a oscuras como el vacío de mi interior. Cuando unas simples gotas de agua forman una tormenta, un día gris se puede volver absolutamente precioso. Los rayos dibujan el cielo y el agua se convierte en una banda sonora que tranquiliza los demonios de nuestra mente. Demonios que bailan y se mueven entre las sombras, esperando cualquier rayito de luz para apagarlo. Y en una lucha interior en la que poco o nada puedes hacer, mirar por la ventana cómo se sacuden los árboles y se llenan de miles de gotitas te devuelve a la realidad. El frío te eriza la piel y te entran ganas de salir y bailar bajo la lluvia. Sentirla sobre tu piel y ser plenamente consciente de que estás ahí. De que estás viva. De que puede haber tormentas entre tanto sol, tormentas que parecen venir a recordarnos que el mundo sigue girando. Y que, cuando cesan poco a poco, te devuelven la calidez que sentías antes. La calidez en tu piel al sentarte en un banco. Al sentir la arena de la playa bajo tus pies. Al sonreír al cielo. Un día cualquiera, uno de verano."